Una Leyenda Habanera. El Caballero de París

Hoy navegando por internet, encontré esta foto del Caballero de Paris y eso me hizo retroceder a mis 15 años (bastante atrás..!!). Corrían los años 60 del pasado siglo y éramos un grupo de adolescentes que pasábamos días y noches juntos, queriendo arreglar el mundo. Estaban Jorgito Ramírez, Noel Nicola, Omar Paneque, Jorge Polanco y un par más, cuyos nombres se me quedaron en el camino.

En aquella época había en Crecherie y 23, en el Vedado, una clínica llamada Instituto de la Visión, cuya entrada, con unos bancos de madera y metal, daba a la calle Crecherie. Allí, no recuerdo cómo, fue donde conocimos al Caballero de París. Siempre con un libro, revista o periódico en las manos.

Recuerdo que por esos días tenía su “residencia” por los alrededor y que todos los días se sentaba a leer por la tarde/noche en uno de aquellos bancos del Instituto de la Visión, ocasión que nosotros aprovechábamos para, alrededor suyo, compartir con él y conversar sobre literatura, historia y hasta política. Él siempre fue un gran conversador y no sé si por lo mucho que leía o por sus estudios antes de enfermar, era un hombre de una amplia cultura en diversos y variados temas. Una persona que siempre supo maravillar a aquel puñado de adolescentes que con el tiempo llegamos a admirarlo y a considerarlo con orgullo nuestro amigo.

Después, los avatares de la vida nos separaron a todos y aunque fueron varios los lugares de la Capital donde el Caballero de París fijó “residencia”, creo que siempre gustó de mi barrio pues la esquina de 23 y 12 estuvo entre sus lugares preferidos y varias veces volvió a ella después de abandonarla.

Durante aquellos primeros  años dormía en los bajos del Edificio Sarrá, donde ahora hay una Galería de Arte, pero que en aquella época era solo un local lleno de escombros. Eran los comienzos de la pizzería Cinecita (con su mostrador de autoservicio donde se podían adquirir pizzas a un poco más de un peso) y era común verlo entrar sin hacer caso de la cola (o con el permiso tácito de ella), saludar a los presentes con una inclinación de cabeza y coger dos pizzas del mostrador para comérselas tranquilamente en su “casa”.

Nunca lo oí hablar en voz alta, ni faltar el respeto a alguien, ni decir una mala palabra. Nunca lo vi pelear con nadie, ni aún con aquellos que lo ofendían o “bonchaban” (siempre los hay…). Su actitud en esos momentos daba a entender que él estaba muy por encima de eso.

Otra de sus “rarezas” era que siempre tenía en sus bolsillos papelitos con versos o frases manuscritas y que cuando se cruzaba con una mujer (y si era bonita más) le regalaba una flor robada de algún cercano jardín y uno de aquellos poemas mientras le decía algún piropo o frase respetuosa acompañada de un saludo cortesano.

A lo largo de los años crecí viéndolo aparecer y desaparecer del barrio y con tristeza fui testigo de su gradual deterioro físico hasta que las autoridades, por su bien, lo internaron en el hospital de Mazorra, donde fue cuidado y atendido con cariño y respeto hasta su muerte.

Dicen que su verdadero nombre era José María López Lledín, que había nacido en el 1898, en Fonsagrada, España y que llegó a la Habana el 10 de diciembre de 1913, a la edad de 12 años. Cuentan también que enfermó por una acusación falsa que le hicieron y que desde entonces comenzó a deambular por la Habana con su emblemática figura y el pueblo aprendió, en su locura, a quererlo y respetarlo, inmortalizándolo en una canción que se hizo famosa.

Pero lo realmente importante para varias generaciones de cubanos y para la historia habanera es que este Quijote moderno no fue un vagabundo, como algunos lo llaman, sino un hombre romántico y afable que vivía, en sus sueños y para sus sueños. Que jamás pidió nada a nadie y que siempre encontraba una manera de agradecer y agradar a quienes lo saludaban.

En este año en que la Ciudad Maravilla cumple sus cinco siglos de existencia, es justo recordar a alguien que durante mucho tiempo formó parte de ella y con la que compartió una buena parte de su vida. En fin, los invito a recordar a una persona cuya “locura” muchos quisiéramos compartir.

Un comentario de “Una Leyenda Habanera. El Caballero de París

Responder a cubava Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *